El creció en la calle. A veces, la calle se le ve clandestina. Él catorce años de edad, murió dentro de la ilegalidad, pero para otros fue una muerte clandestina. Y no es que fuera un guerrillero, alguien que participa activamente para derrocar un gobierno. Era un chavo más que vagaba por las calles atiborradas por casi 9 millones de seres humanos.
De siempre la vivió, la calle, es decir: la herida abierta en el cielo. Su padre, acá, dedos ágiles y sensibles, cero taquicardia y una suerte de las negras. Sería tedioso contar la cantidad de carteras que hurtó. Las rutas de camiones las conocía en el tráfago del robo. Como decía el niño, su padre siempre gusto de ganar limpio: ni un susto, ni un grito. Al niño, eso, el carterazo fino, lo llenaba de admiración. Su padre, guevón, pero chinguetas, le dio una imagen de la vida.
En la calle, a lo lejos, veía venir a su padre, con el caminadito balanceado, el trote ligero del conejo y el salto veloz del ratón, y la vista como se dice: Un ojo al gato y otro al garabato. El niño lo miraba venir mientras jugaba canicas. Al otro chavo le tocaba tirar. Primero oyó el enfrenón, luego el portazo. Cogió sus canicas, murmuró: Ya no juego. El padre, lo vio en sus ojos. Sintió el miedo, sus rodillas empezaron a temblar y a agarrar velocidad. Vio al señor de traje sacar de su cintura la pistola, ver como el saco se jaloneaba al ritmo de los brazos, los zapatos lustrosos sonaban duro en el pavimento. Y ahí, cuando su padre iba a mita de la calle, la voz del policía: Párate cabrón. Su padre, el cabrón, siguió en chinga, ni vio al niño a su paso. Él vio al policía disparar su pistola, luego cómo el eco iba repitiendo de patio en patio el disparo. El policía se esforzaba por correr rápido. Él, el niño, sabía que a su padre no lo alcanzarían.
El niño, de eso se acordó años después, y no una vez, sino muchas. Un día, cuando ya tenía más edad, estaba jugando en el jardín de la Delegación, pero no por la parte donde entra toda la gente, sino por la vuelta donde se oían gritos y no dejaban entrar a nadie. Solo entraban los agentes de la policía y los hombres pálidos. A él le gustaba jugar ahí porque se podía ganar unas monedas. Nunca faltaba un agente que quisiera una cajetilla de cigarros, unos refrescos o una torta; él iba y los compraba, cuando regresaba le daban unos billetes.
Esa tarde, cuando se acordó de nuevo, había comprado unas cajetillas de cigarros, iba para la puerta cuando llegó un carro de policías, bajaron sudorosos, rápido abrieron la portezuela y bajaron dos hombres pálidos; uno, el más joven, quien sabe cómo se le escapo a un policía, se echó a correr, los policías le gritaron: Párate cabrón. El joven siguió corriendo, pero se resbalo y se cayó de la banqueta. Cuando los agentes de la policía lo alcanzarón, le comenzarón a dar de patadas en todo el cuerpo; al policía que se le había escapado llegó y con una pistola le pego en la cabeza, le salio sangre, lo agarro de los cabellos y lo levantaron; cuando lo iba levantando, el muchacho estaba mas pálido y toda su cara llena de sangre, no podía caminar, pero le seguían pegando. El niño lo vio todo, pasaron junto a el, sin darse cuenta de su miedo, se comenzó a mojar en los calzones. Dejó los cigarros con el portero y ni siquiera esperó la propina.
En los otros días pensó que ya se le había olvidado eso. Cada día se hizo más vivo. Cuando los otros niños iban, él ya venía. Causaba admiración entre los adultos, decían: Es muy despierto. Y al niño eso le gustaba, hasta quería hablar como los adultos.